Nunca dije nada. Él no preguntó. Después de esa noche lluviosa que pasamos juntos no nos volvimos a ver.
Nunca lo amé de verdad, solía creer en él como un niño cree en su padre, ciegamente, confiadamente. Tenía una imagen de él que sólo existió en mis fantasías. Él nunca fue ese hombre. Era un especie de pensador, y en su ingenuidad él se creía un filósofo: estaba convencido de que encontraría las respuestas a las grandes preguntas. También estaba convencido de que me amaba, pero yo siempre creí que lo que él sentía por mi no era amor, sino obsesión.
Al principio yo creía en sus ideas, creía en sus discursos dichos a la luz de una vela, pero todo cambió el primero de julio. Comencé a verlo como realmente era: solamente un hombre desesperado, violentado por sus necesidad de poseer… de poseerme a mí.
Una vez pensé que él era el responsable, el padre de Julia. Una noche cuando iba a dormirme un pensamiento cruzó por mi cabeza, supe claramente que él era su padre. Lo sospeché durante todos esos meses, pero nunca estuve completamente segura hasta entonces. Y fue por eso que hice todo lo que hice.
Fui a la ciudad a verlo, llamé a su puerta, lo arrastré a un café cerca, lo senté en aquella mesita del rincón, lo miré directo a los ojos, mientras sostenía a la pequeña Julia entre mis brazos y le dije: “Es tu hija.”.
Entonces lo miré levantarse bruscamente de la mesa, sus ojos clavados en ella, sin habla. Y dijo: “No, no es mía.” “¿Cómo sé que no te acostaste con otros hombres?” Y repitió: “No es mía.” Y lo vi marcharse de la concurrida cafetería.
La rabia me paralizó, me dominó. Entonces miré el rostro de mi hija… ¡y ella no se parecía para nada a él!
Noviembre 11, 2008 a las 4:07 am |
[...] Angelina La llamé Julia. Siempre me gustó ese nombre. Siempre soñé con mi hija y ése era su nombre. Pensé en llamarla Angelina. A él le gustaba ese nombre. Pero no quise que creciera para convertirse en una poetisa atormentada como él: un alma torturada que sólo hallaba paz en el arte y nunca en otra alma, en otro ser humano. [...]